Latina y Montero, una historia de amor que nació en las pistas de baloncesto

El amor no tiene fronteras. Ni límites. Ni entiende de estamentos, clases sociales, políticas o roles deportivos. Un claro ejemplo nos lo traen nuestros compañeros Rubén LATINA y su mujer Irene MONTERO, recién casados, llegados de una luna de miel de ensueño y que han tenido a bien contestarnos a algunas preguntas para saber cómo surgió el amor entre ellos y cómo han compaginado durante este tiempo (y lo siguen haciendo) su pasión por el arbitraje y el baloncesto.

Primera pregunta obligada, ¿cómo os conocisteis?

Nos conocimos en un partido, en el Arroyo (Fuenlabrada). Yo estaba de árbitro e Irene de anotadora. La verdad que no fue un amor a primera vista (por mi parte😝). Luego con el tiempo volvimos a quedar fuera de las pistas y ahí sí surgió la chispa.

¿Hizo falta tiempo para que se pasara al arbitraje o lo tenía claro?

Ella siempre quiso ser árbitro pero empezó muy joven y empezó anotando. Un día con el pretexto de hacerse árbitro, me llamó para quedar y que la informara cómo se podía hacer. Y a partir de esa quedada informativa surgió lo nuestro.

En los partidos que habréis pitado juntos, ¿qué es lo más raro que os ha pasado, de lo que luego comentas cuando acaba?

La verdad que raro raro no nos ha pasado nada. Yo personalmente cuando arbitro con ella siempre intento protegerla de más, es una cosa que me sale de forma automática.

¿Pedís partidos juntos?

No solemos pedir partidos juntos, ya que también no está de más tener nuestro espacio, que sino son muchas horas juntos 😝😝.

¿Cómo lo lleváis en casa?

En casa fenomenal, en la pista es el único lugar donde «mando» porque en casa ya sabemos todos quienes mandan😝😝. Hablando en serio, la verdad que muy bien, tampoco solemos hablar mucho de los partidos , solamente si hemos tenido alguna incidencia.

El primer partido que pitaron juntos

El primer partido que pitaron juntos

¿Alguna anécdota especial?

Nuestro primer partido juntos fue en un junior especial. Pozuelo – Real Madrid. Me llamó Darío para comentarme que el compañero no podía ir y me preguntó si podía ir Irene, me gire en la cama (estábamos durmiendo) y, como el día de la pedida de mano, me dijo sí.